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Para crear una Teoría del color, Gastón Domínguez dibuja su propio círculo cromático. Sólo que en verdad es una caja de pesca de madera revestida en fórmica; cajoncitos y divisiones para atesorar colores que nunca se quedan quietos –viran, se escurren, más que estar guardados vienen a darles a las cosas el brillo que necesitan. “La ceba y el recuerdo / como un ácido / medio verdoso y / corrosivo, / vaporoso pero / cristalino / que penetra en la piedra / –de a poco– / hasta vernos reflejados / en ella”. Diecinueve destellos y una pregunta: ¿cuáles son los colores de la infancia? Y en las palabras las cosas muestran sus verdaderos tonos, como si de fondo la pregunta por el color quisiera decirse de otra manera: ¿puede volver por un instante el brillo a brillar así? Los poemas de Gastón Domínguez arrojan su respuesta: sí, porque hay pique y porque en la escritura irrumpe el recuerdo de quienes nos hicieron ver –de una vez y para siempre– que todo el mar es para nosotros.
Fernanda Mugica
