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 En Las hojas que vemos, libro ganador del primer premio de poesía Mar abierto, la voz poética se pregunta: “¿Qué misterio/se oculta en ese quitar/para crecer?”. Una voz que crece por sustracción y que, a través de ese proceso de despojamiento, hace de la sobriedad un valor. Como si la potencia del lenguaje pudiera obedecer, por qué no, a una política de la escasez. En base a una calculada economía de recursos, los poemas, además de acontecimientos verbales autónomos, van tejiendo una historia personal, que es una historia familiar y, también, la historia de un libro. Rosana Molina lo dice mejor: “El ramaje fue tejiéndose/como tejen las abuelas,/sin mirar”. Las estaciones pasan y los árboles quedan a merced de los elementos. La contemplación está marcada por el ritmo con que caen las hojas, pero también por el tiempo de aquellos que, cobrando fuerza, luchan por nacer: “Las hojas de esos fresnos/tardaron en prosperar/ Estiraron el limbo, lentamente”. Después del esplendor vendrá, inevitable, la caída.

 

No hay en Las hojas que vemos un regodeo en la emoción. Hay, por el contrario, siguiendo a Eliot, una huida de la emoción; pues solo pueden escapar quienes han estado allí. Y es en ese tránsito que la escritura, cultivando imágenes de humilde construcción verbal, sucede. El libro culmina ¿se abre de nuevo? con una interrogación: “¿Qué muerte los condenó/a abrazar tanta belleza?”. La caducidad nos iguala, nos coloca bajo una misma ley de vida y una única advertencia: aprovechar la belleza mientras dure. No por evidente, deja de ser nuestra tragedia. Acerca de todas estas cosas escribe Rosana Molina, como si solo después de la caída el poema encontrara su forma, como si el poema fuera un árbol que se poda, un fresno que se talla. O, copiando a Gonzalo Millán, ese dolor que se talla y se detalla. 

 

Jorge Chiesa