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China es un frasco de fetos (H Editores, 2001; Alto Pogo, 2018), la primera novela del escritor Gustavo Espinosa (Treinta y Tres, 1961), se puede leer como un delirio lingüístico que penetra en la trama de relatos que da sustento a un discurso autoritario. Publicada en 2001, pero escrita entre 1987 y 1991, se trata de una narración en clave poética compuesta de múltiples voces y registros. La novela lleva a la apoteosis aquello que afirmara Ricardo Piglia: “Cuando se ejerce el poder político se está siempre imponiendo una manera de contar la realidad. Pero no hay una historia única y excluyente circulando en la sociedad” (33). Espinosa se interroga por las estrategias de verosimilitud en un régimen de dominación extrema, mostrando el uso de los discursos y la manipulación de las ficciones. En una situación de colapso económico, la capital se vuelve una pesadilla de violencia y locura, el escenario de un caos que se expresa en la patología lingüística: una multitud de “enfermos del lenguaje”. Frente a esto, el Ingeniero Agrónomo Francisco J. Pairetti –el Ministro de la Mente– lleva adelante el Plan de Recolonización Síquica: un programa elaborado por “especialistas” que busca repoblar el interior del país con “psicolonos”, esto es, aquellos sectores de la población que de una forma u otra entran en la órbita de lo “anormal”.