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En la lectura de Anticipación perpetua, la muerte es una experiencia "acontecimental", que no puede nunca asimilarse del todo, un daño irreparable y único, que siempre genera un corto pero al mismo tiempo reconoce su pertenencia al mundo y su importancia en hacer de nosotros las personas que somos. Los títulos que separan las tres secciones del libro y el orden mismo de los poemas que las componen ya transmite una sensación de organicidad en la muerte, y ahí sí "lo contrario a la vida no es la muerte / es la inexistencia".
Hay a lo largo de este libro imágenes de una belleza tristísma, mediante las cuales la voz poética construye el recuerdo de una persona a partir de su ausencia, haciendo que el lector sienta que conoce algo de ella a través de la lectura: no sólo el carácter general de su personalidad, su vocación de servicio y su saber hacer, sino a partir del microestudio de personaje que está en los gestos, en las pequeñas muecas, en las escenas de intimidad. Uno vive más en esos pequeños automatismos: es ahí donde somos recordados, y en ese sentido, este poemario es un pasaje a la eternidad.
Santiago Santillán Zabaljauregui
